El temor se instala en Doral: venezolanos cambian sus rutinas ante el avance de las operaciones de ICE
Redacción: Enfoques
En Doral, una ciudad del sur de Florida conocida por la importante presencia de la comunidad venezolana, la preocupación ha comenzado a formar parte de la vida cotidiana. Personas que durante años construyeron allí sus hogares, negocios y empleos observan con cautela el aumento de las operaciones del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos, conocido como ICE.
El diario venezolano El Diario reportó recientemente que algunos residentes han cambiado sus rutinas por temor a encontrarse con agentes migratorios. Padres evitan determinadas actividades, trabajadores se muestran más cautelosos y algunas familias prefieren permanecer en casa ante la incertidumbre.
La inquietud no surge únicamente de rumores. En agosto, El País documentó varios casos de venezolanos detenidos en el sur de Florida, entre ellos Humberto Castro, residente de Doral que tenía una solicitud de asilo pendiente y un permiso de trabajo vigente, según su familia. Su detención generó preocupación entre organizaciones de la comunidad venezolana, que posteriormente solicitaron mayor supervisión del Congreso.
Una comunidad que observa con preocupación
Doral concentra una de las comunidades venezolanas más numerosas de Estados Unidos. Para muchos de sus habitantes, el país norteamericano representó durante años un espacio para trabajar, reunirse con familiares y reconstruir sus vidas después de abandonar Venezuela.
Ahora, las políticas migratorias más estrictas han modificado esa percepción de seguridad.
La eliminación de diferentes mecanismos de protección migratoria para venezolanos ha dejado a miles de personas en una situación más incierta. El Gobierno estadounidense ha defendido estas decisiones como parte de su estrategia para controlar la inmigración irregular y hacer cumplir las leyes migratorias.
Sin embargo, organizaciones defensoras de los derechos de los inmigrantes sostienen que la aplicación de estas políticas ha producido situaciones especialmente delicadas, incluso entre personas que aseguran tener procesos migratorios pendientes o algún tipo de protección.
En marzo de 2025, Amnistía Internacional denunció la detención y separación de una familia venezolana que, según la organización, tenía TPS vigente y solicitudes de asilo pendientes. El caso fue presentado como un ejemplo de las consecuencias que pueden producir las decisiones migratorias sobre familias que buscan protección en Estados Unidos.
Señalamientos sobre excesos y uso de la fuerza
Las preocupaciones sobre el funcionamiento de ICE tampoco se limitan a la comunidad venezolana.
En julio de 2026, Human Rights Watch y la ACLU publicaron una investigación sobre las condiciones en el centro de detención Camp East Montana, en Fort Bliss, Texas. El informe, basado en entrevistas con 80 personas, documentó denuncias de golpes, uso excesivo de la fuerza, deficiencias médicas, condiciones insalubres y obstáculos para acceder a representación legal.
Reuters confirmó que el informe provocó una nueva discusión sobre las condiciones de los centros de detención migratoria. El Departamento de Seguridad Nacional rechazó las acusaciones y sostuvo que los detenidos reciben alimentación, atención médica y acceso legal adecuados.
También existen casos que han generado cuestionamientos sobre el uso de la fuerza durante operaciones de ICE. Uno de los más recientes involucra al agente Christian Castro, acusado en Minnesota de disparar contra el venezolano Julio César Sosa-Celis durante una operación migratoria. Castro enfrenta cargos estatales y posteriormente fue objeto de una acusación federal relacionada con declaraciones que habría realizado sobre el incidente.
Estos casos dejan en evidencia una serie de investigaciones, acusaciones y procesos judiciales que han puesto determinadas actuaciones bajo escrutinio público.
Entre el cumplimiento de la ley y el temor
El Gobierno estadounidense sostiene que ICE tiene la responsabilidad de hacer cumplir las leyes migratorias y localizar a personas sujetas a procesos de deportación. Esa función forma parte del marco legal estadounidense.
El debate aparece cuando la aplicación de esas políticas alcanza a personas con solicitudes de asilo pendientes, permisos de trabajo, familias establecidas o situaciones particulares que requieren una evaluación individual.
La preocupación aumenta cuando las personas no saben con claridad qué ocurrirá con sus casos. El temor puede extenderse incluso entre quienes no han cometido delitos y llevan años integrados en sus comunidades.
Un ejemplo reciente fuera de Florida es el caso de un venezolano deportado a Liberia en agosto. Según El País, el hombre tenía protección frente a la deportación y afirmó que conoció el destino de su traslado apenas horas antes del vuelo. Organizaciones de derechos humanos cuestionaron la transparencia de este tipo de operaciones.
Doral, ante una realidad diferente
La situación que atraviesa Doral refleja una discusión mucho más amplia sobre inmigración, seguridad y derechos individuales en Estados Unidos.
Para las autoridades, reforzar el cumplimiento de las leyes migratorias constituye una prioridad. Para muchas familias venezolanas, en cambio, la preocupación central es saber si podrán continuar trabajando, estudiando y viviendo junto a sus seres queridos sin que un cambio administrativo o una operación migratoria altere sus vidas.
En medio de ambas posiciones queda una comunidad que observa con atención cada nueva operación.
El desafío será encontrar un equilibrio entre el cumplimiento de las normas y el respeto a las garantías individuales. Mientras ese debate continúa, en Doral el nerviosismo ya forma parte de la conversación cotidiana y muchas familias venezolanas esperan que sus casos sean tratados con claridad, proporcionalidad y respeto al debido proceso.


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